miércoles 21 de octubre de 2009

Sobre la Carrera

Una carrera es un trayecto a recorrer, es un camino o senda que se elige seguir, que nos es desconocido pero nos llama la atención, nos produce insertidumbre pero no miedo.
Es esta senda un camino infinito con un punto de llegada infinito, en ella cada instante es llegar, de él se nutren nuestros sentidos,y sabemos que se seguirán nutriendo.
Sobre su posible recorrido, que conocemos por nuestra imaginación, nos proyectamos, imaginamos posibles situaciones con las que nos gustaría encontrarnos y esquibamos aquellas que nos pueden frenar o desviar. No se trata de si es el mejor o peor camino, o de si es o no el correcto. Se trata de transitarlo, es una elección, y en cualquier momento, como en cada elección, podemos parar, mirar hacia atras y seguir, o simplemente abandonar el camino. Aunque suene trillado y tonto, solo haciendo se hace, y hacer es al mismo tiempo ser. Devenir en y con el ser. Mientras, habrá que mirar hacia atras y recordar qué fue con lo que ya nos topamos en el camino. Mientras, también habrá que desviarse de a ratos y conseguir provisiones para que nuestro andar se vuelva mas ameno. Estas cosas, el recordar y el dejar la senda, no nos detiene, no nos retrasa, sino que nos da impulso para seguir por este camino, por esta nuestra carrera.

Lunático.

miércoles 6 de mayo de 2009

CUENTO METAMORFOSEADO (La meta de Luisito morfoseado)


(Sobre La metamorfosis de Franz Kafka por Luis Loitey)

Cuando Luisito Sepaspa se despertó esa mañana –después de un sueño por demás tranquilo– se vio sobre su cama convertido en una hermosa mujer. Estaba tirado sobre su espalda y al levantar un poco la cabeza, vio entre las sábanas y el cobertor unas protuberancias sobre su pecho y el vientre demasiado chato. Con rapidez y cierto temor levantó con sus manos aquello que lo tapaba y vio con espanto –como grandes pilares duros en forma de arco turgente– las protuberancias de su pecho que parecían sostener apenas rozando con sus puntas el cobertor, a punto ya de resbalar al piso.

¡Son dos tetas! –exclamó asombrado. Dos tetas ridículamente grandes en comparación con el tamaño de su cuerpo.

¿Qué me ha ocurrido? –pensó. ¿Es un sueño? No, no era un sueño. Miró hacia los costados y reconoció su habitación, la misma habitación varonil que –si bien algo opaca– le daba cierta tranquilidad por estas cuatro paredes harto conocidas.

Por encima de la mesa –sobre la que se encontraba extendido el muestrario y los folletos de su trabajo pues Luisito Sepaspa era viajante de comercio– estaba colgada aquella foto que hacía poco había recortado de una revista y colocado en un bonito marco dorado. Se trataba de una mujer de ésas que ahora le pueden llamar artistas o modelos: ella estaba sentada y totalmente desnuda, a no ser por un sombrero y una boa de piel que le tapaba las partes más íntimas. La foto estaba allí y la mujer sentada parecía mirarlo fijamente cuando más se la miraba a ella.

Los ojos de Luisito se dirigieron hacia la ventana donde el tiempo lluvioso hacía oír las gotas de lluvia que golpeaban contra el vidrio. Se abstrajo un momento pues la lluvia lo ponía muy melancólico.

¿Qué pasaría –pensó– si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras? Sabía que esto era algo absolutamente ridículo, y a pesar de creerlo imposible se convencía –más que por la visión que tenía de sus propias tetas– por la imposibilidad que ahora tenía de dormir boca abajo, como siempre, abrazado a la almohada y tirado del lado derecho, cosa que ya no podía hacer con semejantes tetas para volcarse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza sobre su pecho, una y otra vez se volvía por inercia hacia atrás quedando apoyado sobre su espalda.

Lo intentó una, dos, tres… más de diez veces. Cerraba los ojos para no tener que ver los enormes pezones que ya le molestaban y sólo cesaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado una molestia leve y sorda que antes nunca había sentido: El roce con el cobertor le engallinaba la piel y le paraba los pezones en cada intento.

¡Dios mío, qué profesión tan dura he elegido! –dijo, creyendo que el estrés por su trabajo y la falta de descanso eran los culpables de sentir y verse así de tetona. Pensó que los esfuerzos profesionales eran muchos y el ajetreo de viajar constantemente, de estar al tanto de los horarios de micros, trenes y aviones, de estar siempre almorzando a deshora y mala comida era el motivo de verse así, como si aún estuviera soñando. Ni siquiera alcanzó a darse cuenta de su propia exclamación, de ese “Dios mío” que encabezó su pensamiento y que nada tenía que ver con su forma de exclamar, de su forma grosera de putear o acongojarse, de las palabras que hubiera dicho como decía siempre, que “la concha de mi hermana” o “la puta que me recontrarremilparió a mí y a mis tetas”, en lugar del “Dios mío” tan femenino que se le escapó en el pensamiento.

Y sin darse cuenta de su propio cambio en el lenguaje, volvió a su pedorrez y dijo:

–¡Que se vaya todo al diablo! Se irguió sobre la cama y sintió sobre el vientre el leve peso de sus pechos. Pudo enderezar la espalda y levantar mejor la cabeza: se encontró con que la parte que rodeaba sus pezones tenía un pequeño triángulo de piel muy blanca –como si hubiera tomado sol con una malla de dos piezas sumamente diminuta–. Inmediatamente quiso palpar esa parte con la mano pero la retiró enseguida porque el roce le producía escalofríos y oscuros pensamientos, así decidió deslizarse de nuevo a su posición inicial. Trató de dormir pero la preocupación lo hizo pensar en el trabajo.

–Esto de levantarse rápido lo hace a uno enloquecer. El hombre tiene que dormir. Otros viajantes y vendedores viven como reyes –pensó– Si yo, por ejemplo, a lo largo de la mañana vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos que he conseguido, estos señores… ¡todavía están sentados tomando el desayuno!

A medida que más pensaba más se le bifurcaban los pensamientos: Todo se le bifurcaba: Hasta creyó que si iba así –en ese estado– a hablar con su jefe, podría conseguir las comisiones y el aumento de sueldo que hace meses le viene prometiendo. Pero le surgían nuevas dicotomías: ¿Me echaría a la calle como un perro? ¡O por el contrario, quizá me llame y me cuide como hace con todas sus perras callejeras! Quizá hasta me haga una cucha, un refugio o…me deje entrar en su casa o… ¡subirme en sus faldas…!

¡La reputa madre que me recontrarremilparió! –exclamó Luisito Sepaspa como desde el fondo de su alma tratando de contener estos pensamientos libidinosos. Pero al instante y sin darse cuenta, dijo – ¡Ay, por dios, estoy cada día más ordinaria!

Volvió a pensar en la situación indecorosa de su economía y aunque preocupado por el trabajo –y a pesar que sabe de la sordera del jefe– sentía que la esperanza todavía no estaba perdida del todo y que alguna vez podría llegar a un arreglo por las diferencias que ambos mantienen en su sueldo.

–Cuando me libere de las deudas, entonces… ¡sí que lo mando a la mierda! Ahora, por lo pronto, tengo que levantarme porque el micro sale a las nueve –dijo– y miró hacia el despertador que hacía tictac sobre el armario. ¡Ay, Dios del cielo, qué tarde se me hizo! –exclamó nuevamente como una mujercita y sin darse cuenta que pensaba en el tiempo para maquillarse.

Eran las seis y media y ni se había avivado. ¿Es que no sonó el despertador o no lo escuché? Desde la cama se veía que estaba correctamente puesta la alarma a las cinco, es seguro que había sonado. Sí, pero... ¿cómo le fue posible seguir durmiendo tan tranquilo con esa molestia que le ocasionaba su nuevo cuerpo? Nunca había podido dormir boca arriba y ahora con estas tetas seguramente le fue imposible dormir boca abajo y ni siquiera se había dado cuenta. Bueno, lo mejor de todo fue haber dormido tranquilo, pero ¿Qué iba a hacer ahora? El siguiente micro salía a las nueve, para tomarlo tendría que apurarse: El muestrario y los folletos estaban desordenados y él tampoco se encontraba especialmente espabilado ni ágil: ¿Cómo escondería sus tetas? Luisito pensaba en voz alta:

–Si consigo esconderlas tendré que andar con pulóver y los pantalones dibujarán mi cintura y estas curvas que ahora tiene mi culo… No, no voy a poder evitar una reprimenda del jefe ante mis nuevas formas. Se pensará que escondo alguna prótesis debajo de la ropa y ni hablar si alguien me dice una guarangada o me tocan el culo. Yo sé que el jefe es un baboso y se pierde con las mujeres, que es un esclavo del sexo y no tiene moral ni juicio. Pero a mí: ¿me desearía? No mejor ni voy, mejor le digo que estoy enfermo ¿Qué pasará si le dijese que estoy enfermo?

De más está decir que esto era para Luisito Sepaspa algo sumamente desagradable y sospechoso porque él nunca había estado enfermo ni una sola vez durante los cinco años de servicio. Pensaba que seguramente aparecería el jefe con el médico de la ART y lo revisarían y harían comentarios y reproches a sus padres por tener un hijo tan mujer o tan…tan mariquita… o enfermo…!

Bueno, si lo consideraran enfermo se salvaría de todas las objeciones remitiéndose al médico de la ART, para esos buitres sólo deberían existir hombres totalmente abocados al trabajo. ¿Y es que en este caso no tendrían un poco de razón? Luisito, a excepción de una modorra realmente superflua después de este largo sueño, se encontraba bastante bien e incluso tenía mucha hambre. ¡Hasta pensaba en tostadas con mermelada dietética! Y mientras reflexionaba sobre todo con gran rapidez, sin poder decidirse a abandonar la cama y ver su cuerpo entero (en este instante el reloj marcaba las siete menos cuarto) llamaron cautelosamente a la puerta que estaba a la cabecera de su cama.

–Luis –dijeron (era la voz de la madre) –Son las siete menos cuarto. ¿No ibas a salir de viaje?

Luis se asustó porque al contestar escuchó su propia voz –que evidentemente era la suya– pero que desde lo profundo se le mezclaba un incontenible tono agudo. En el primer momento dejaba salir las palabras con claridad pero al prolongarse el sonido y la forma, ya no se entendía por esa conchetez-cool del lenguaje clasista, ese sonido banal que escuchaba a muchas en las propagandas de televisión.

Ni siquiera se escuchó bien. Luisito querría haber contestado detalladamente y explicarlo todo, pero en estas circunstancias se limitó a decir: –¡Ay má, basta de aturdirme que ya estoy despierta! Probablemente a través de la puerta no se notaba el cambio en la voz –ni en el género– de Luisito, porque la madre se tranquilizó con esta respuesta y se marchó de allí.

A raíz de este breve llamado de la mamá de Luisito, los otros miembros de la familia se dieron cuenta que él todavía estaba –en contra de lo esperado– en la casa y al cabo de unos instantes ya era el padre detrás de la puerta del cuarto de Luis llamando suavemente con el puño: toc, toc, toc ¡Luis, Luis –gritó– ¿Qué ocurre? Luego de un instante insistió de nuevo: –¡Luis, Luis! También se escuchaba el lamento en la voz de la hermana. –Luisito, ¿Estás bien? ¿Necesitás algo?

Luis les contestó a ambos: –Ya estoy preparado –dijo, cuidando la pronunciación y esforzándose por hacer más largas las pausas y las palabras. Parecía no haber llamado la atención porque el padre volvió a su desayuno aunque la hermana –quedándose al lado de la puerta– le susurró: –Luisito, abrí, te lo suplico–. De esperarse era que Luisito ni le conteste y más remota era la posibilidad o intención de abrir, él se tapó las tetas con las mantas y recordó con placer haber tenido la precaución de cerrar las puertas con llave. Al principio tuvo la intención de levantarse, vestirse y desayunar para después pensar en todo lo demás, porque en la cama no llegaba a tener una conclusión sensata. Pero ahora que había llamado más la atención buscaba alguna excusa. Recordó que en una ocasión había sentido en la cama un leve dolor, y que al levantarse, había resultado ser sólo fruto de su imaginación. Por eso sentía ahora una fuerte curiosidad por ver cómo se irían desvaneciendo sus fantasías de hoy. No dudaba en absoluto de que el cambio de voz no era otra cosa que un buen resfrío o alguna peste que se pescó por andar en micros atestados de gente.

Se pegó unas cachetadas para espabilarse y se asustó porque sintió sus pómulos muy sensibles. Pensó otro rato: Tapar las tetas era sencillo, sólo necesitaba contraerse un poco y la camisa le entraría ya que siempre la usaba holgada. El resto era el tema –sabía que el resto sería difícil– especialmente porque él era muy delgado de culo y ancho de cintura. Ahora era delgado de cintura y ancho el culo. Calculó que hubiera necesitado meses de entrenamiento, implantes mamarios o alguna lipo para tener ese cuerpo que ahora serpenteaba debajo de sus sábanas.

Sus propios pudores le impedían levantarse. Sentía mucha vergüenza al ver sus enormes senos, sus pezones que se excitaban con sólo rozarlos y peor aún, todavía tenía la sensación de que su pene se erguía al ver este cuerpo que él mismo representaba. Como que se calentaba con él mismo. Había convicción y a la vez extrañamiento. Quiso dominar su sexo y llevó su mano a la entrepierna pensando que lo iba a encontrar allí debajo de las sábanas. –Debe estar más abajo –pensó, pero sus manos tantearon en vano el vello púbico depilado y rápidamente las retiró con una agitación grande y dolorosa. El pánico lo iba sepultando más en la cama. Ya su cabeza también estaba debajo del cobertor cuando con voz rápida y aguda dijo: – ¡Ay, no, no y no! ¡No me quedaré en la cama inútilmente!

Lo único que ansiaba ahora era salir de la cama con la parte inferior de su cuerpo –para no verse– pero esta parte inferior que por cierto no había visto todavía y que ni quería imaginar, le resultaba difícil de mover. Todos sus movimientos se producían muy despacio hasta que –finalmente y casi furioso– recordó cómo se tiraba al pasto cuando jugaba de cuatro en la primera de Alvarado y barría jugador y pelota en un único desplazamiento. Lo hizo y se lanzó hacia adelante con toda su fuerza sin pensar en las consecuencias, pero claro, su fineza ahora lo modificaba todo: calculó mal y se golpeó fuerte con el borde de la cama. El dolor punzante que sintió le enseñó que precisamente la parte inferior de su cuerpo era quizá en estos momentos la más sensible.

Así fue que luego de ese intento fallido, sacó nuevamente del cobertor la parte superior del cuerpo y volvió la cabeza –ya con cierta resignación– a fijarse en sus tetas que parecían desafiarlo en el pliegue mismo del cobertor.

Giró la cabeza evitando mirarlas, se envolvió grotescamente en el cobertor y rodó fuera de la cama cayendo burdamente al piso. Sintió mucho dolor, ahora que sus músculos no tenían la resistencia del Luisito Sepaspa del día anterior. Pero al menos ya estaba fuera de la cama. Allí le entró un miedo amariconado de continuar de este modo porque si se dejaba ver en esta situación iba a tener que explicar el milagro que había sucedido con su cuerpo y –por supuesto– que nadie le creería. Enrollado en el cobertor lo único que se veía de él era su cabeza y ésta no había sufrido ningún cambio aparente. Pensó que si su rostro y su pelo hubieran mutado hubiera sido más fácil salir desnudo de la cama, porque si lo vieran, pensarían que Luisito Sepaspa habría traído alguna mujer a su cama y a lo sumo lo habrían acusado de pervertido o inmoral por traer prostitutas a su propia casa. Pero este no era el caso y él se esforzaba por no llenar su imaginación con boludeces y trataba de reflexionar serenamente para no tomar decisiones desesperadas.

Estando allí en el suelo –enrollado como un tierno matambrito– vio con espanto el reloj: –Las siete ya –se dijo– y trató de incorporarse sin soltar el cobertor.

Pensó en vestirse, tenía que intentarlo de cualquier manera. Ya había llegado el punto en el que tendría que decidirse definitivamente porque la hora pasaba y no tenía justificación para su trabajo. En ese momento sonó el timbre de la puerta de la calle.

–Seguro que es el guapo del almacén –dijo, y quedó casi petrificado al escuchar sus propias palabras.

Durante un momento permaneció en silencio, confundido por alguna absurda esperanza. Pero inmediatamente reconoció la voz de su jefe en el hall de entrada y entró en pánico girando de un lado a otro en el piso como si se estuviera hamacando, pues las tetas le impedían hacer el giro completo. Con algo de bronca restregó la cabeza contra la alfombra y sin querer hizo un ruido que llamó la atención de su jefe que ya se encontraba detrás de la puerta conversando con su hermana.

–Ahí adentro se ha caído algo –dijo el jefe desde el pasillo.

Para esto, Luisito intentó imaginar si alguna vez no podría ocurrirle al jefe algo parecido a lo que le ocurría hoy a él –¿Por qué al jefe no le pasan estas cosas? –pensó y como cruda respuesta a esta pregunta, escuchó la voz de su hermana diciéndole –Tu jefe está aquí y quiere saber por qué no has salido de viaje en el primer micro de la mañana. Y agregó –No sabemos qué decir, además desea también hablar personalmente con vos Luisito, así es que por favor abrí la puerta de una vez.

Mientras esperaban alguna respuesta la hermana de Luis le hablaba al Jefe para simular que estaba todo bien, pero esto no ayudaba pues lo único que hacía era comentar lo que había hecho Luis las tardes anteriores.

–Hoy no se encuentra bien –dijo la hermana a lo que la madre agregó: –Es seguro que no se encuentra bien, créame usted señor: Mi Luisito no tiene en la cabeza nada más que el trabajo y el sacrificio. Mire le cuento, esta semana por ejemplo, luego de los fatigosos viajes vendiendo sus productos, venía a casa y en vez de descansar se ponía a ordenar el muestrario y los folletos, además de otras labores. ¡Hasta se dio tiempo para hacer un marco y colgar una foto en su dormitorio. Usted se habrá dado cuenta de la dedicación que tiene Luis, cuando vea el marco que hizo, se asombrará usted de lo bonito que le quedó, está ahí en la habitación; en cuanto abra Luisito lo verá usted enseguida. Por cierto, me alegro de que esté usted aquí, señor jefe, nosotros solos no logramos que Luisito abra la puerta; quizá a usted le haga caso, sabe, él es muy testarudo y seguro que se siente mal aunque lo niegue.

Mientras esto sucedía afuera de la pieza, Luisito –que había logrado pararse enfundado en el cobertor– escuchaba cada una de las palabras y gesticulaba bronca en silencio. Al fin se repuso y contestó:

–Voy enseguida –dijo Luisito lentamente con precaución, y ni se movió para no perderse una palabra de la conversación del jefe con su familia.

–De otro modo, señora, señor, tampoco puedo explicármelo yo –dijo el jefe– Espero que no se trate de nada serio, si bien tengo que decir por otra parte, que nosotros, los trabajadores, llámelo suerte o desgracia, tenemos que sobreponernos a cualquier indisposición aunque sea por amor al trabajo, vió?

–Vamos, ¿puede pasar el jefe a tu habitación? –preguntó impaciente el padre.

–No –exclamó Luisito. Afuera de la habitación se hizo un penoso silencio y Luis escuchó sollozar a su hermana en la habitación contigua.

¿Por qué no se iba la hermana con los otros? ¿Y por qué lloraba? ¿Lo habría visto por el agujero de la cerradura? ¿O sólo era por no dejar entrar al jefe a la habitación? ¿Sería porque estaba en peligro de perder el trabajo? Estas eran –de momento– preocupaciones innecesarias. Luis todavía estaba aquí con sus enormes tetas y cuerpo de cabaretera y no por eso pensaba abandonar a su familia. Por entonces él yacía detrás de la puerta y nadie –ni siquiera su familia– hubiese dejado entrar al jefe si supieran el estado en que se encontraba.

Luis pensaba que por esta pequeña descortesía –que luego justificaría– no podía el jefe despedirlo del trabajo. Por eso le pareció mucho más sensato no abrir la puerta ni dejarse ver por el jefe. Pero la verdad es que era la incertidumbre lo que apuraba a los otros y también hacía perdonar su comportamiento.

–Señor Sepaspa –exclamó entonces el jefe levantando la voz– ¿Qué ocurre? Se atrinchera usted en su habitación, contesta solamente con sí o con no, preocupa usted grave e inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta usted a sus deberes de una forma verdaderamente inaudita. Hablo aquí en nombre de sus padres y mío, y le exijo seriamente una explicación clara e inmediata. Estoy asombrado, muy asombrado. Yo le tenía a usted por un hombre formal y sensato y ahora de repente parece que quiere usted empezar a hacer alarde de extravagancias extrañas.

Luisito escuchaba ahora atemorizado las palabras del jefe pero a medida que más hablaba más bronca iba acumulando detrás de la puerta, pues sus gestos de fuck you eran evidentes.

El jefe seguía con su discurso: –Mire Luis tengo dada mi palabra de honor por usted en la empresa pero ahora veo su incomprensible obstinación y pierdo el deseo de dar la cara en lo más mínimo por su persona. Y recuerde que su posición no es –en absoluto– la más segura.

Luisito creía lo mismo –a juzgar por sus propios gestos– pero como no respondía, el jefe no paraba de decirles cosas: –En principio tenía la intención de decirle todo esto a solas señor Luis, pero ya que hace usted perder mi tiempo inútilmente no veo la razón de que no se enteren también sus señores padres. Su rendimiento en los últimos tiempos ha sido muy poco satisfactorio, es cierto que no es la época del año apropiada para hacer grandes negocios, eso lo reconocemos, pero usted sabe que no hay épocas para no hacer negocios, eso no existe, señor Luis.

–Pero señor Jefecito –gritó Luis fuera de sí y en su histérica irritación olvidó todo lo demás –Ya le abro inmediatamente la puerta. Sólo tengo una ligera indisposición, un mareo que me ha impedido levantarme. No se preocupe, ahora mismo me levanto de la cama. ¡Sólo un poquito de paciencia, porfi!

Mientras Luisito farfullaba atropelladamente todo esto y tratando que su voz se oiga varonil, se arrimó al armario ya buscando alguna ropa para cubrirse.

En realidad sentía deseos verdaderos de abrir la puerta, deseaba sinceramente dejarse ver como un objeto sexual ante el jefe, deseoso de saber lo que las otras yeguas de la oficina sentían y lo que dirían ante su nueva y hermosa presencia. Pero estos deseos ya eran parte de su cuerpo, de alguna forma Luisito –el varón o lo que quedaba de varón en él– rechazaba estos sentimientos y no aceptaba estar tan tranquilo, ni siquiera consideraba que tenía motivos para excitarse y –de hecho– anulaba cualquier sensación extraña que sentía de su boca para abajo.

Para colmo, los que estaban detrás de la puerta comenzaron a dudar de las palabras de Luis, de esas palabras que sonaban con un tono distinto, afeminado, algo artificial y totalmente afectado. Fue cuando el jefe masculló:

– ¿Escucharon ustedes lo que dijo? –preguntó el jefe a los padres– ¿O nos toma por tontos?

– ¡Por el amor de Dios! –exclamó la madre entre sollozos– quizá esté gravemente enfermo y nosotros lo estamos atormentando. ¡Greta! ¡Greta! –gritó llamando a la hermana de Luis

Ella acudió angustiada y con un pañuelo en la mano – ¿Qué… que querés mamá? –dijo la hermana.

–Tienes que ir inmediatamente a buscar un médico, Luisito está enfermo.

–Pero señora esa voz no es de un enfermo, parece que hay una mujer allí –dijo el jefe en un tono de voz extremadamente bajo comparado con los gritos de la madre. También el padre gritaba: – ¡Traigan inmediatamente un cerrajero! –dijo corriendo en dirección a la calle aplaudiendo – ¡Vayan a buscar inmediatamente un cerrajero!

Luego de este alboroto no se oyó a nadie más detrás de la puerta y Luisito se quedó mucho más tranquilo. Pensó que era mejor que no le entendieran las palabras y que se hayan quedado con dudas por esa forma tan amanerada de hablar que ahora tenía.

Sin embargo a él sus palabras le habían parecido lo suficientemente claras y más seguras que antes, como que estaba dejando de ser el tímido de siempre además que su propio oído se iba acostumbrando.

En el fondo sentía una extraña felicidad porque todos se preocupaban por él. De nuevo se consideró incluido en el círculo humano y ahora esperaba y fantaseaba que el jefe, el médico y el cerrajero comprendieran su situación. Había dejado el cobertor y mientras trataba de abrocharse la camisa practicaba con la voz y hasta jugaba con su figura en el espejo del ropero. Parecía que ya no podía confiar ni en él mismo.

Trató de ponerse los pantalones y como no le entraban por el excelente culo que ahora tenía, pensó que lo mejor sería aprovechar para sacar ropa de la habitación de su hermana, de última lo confundirían con ella u otra mujer y podría salir de la casa. Fue hasta la puerta vestido con la camisa sin prender, de donde asomaban sus enormes tetas sin corpiño, abrió con la llave y miró a uno y otro lado del pasillo. Alcanzó a entrar en la habitación de la hermana, pero a pesar que él no vio a nadie, la madre –que estaba yendo hacia la puerta– alcanzó a distinguir esa forma humana con la camisa de Luisito. Miró avergonzada hacia todos lados y –quizá por los prejuicios de tener una loca en la casa– cayó al suelo en medio del pasillo totalmente descompensada.

El padre (que estaba en la cocina) escuchó la caída y corrió a ayudarla obligando a Luisito a permanecer escondido en la habitación de su hermana. La puerta del vestíbulo estaba abierta y desde allí podía ver el rellano de la escalera que conducía hacia abajo.

–Bueno –dijo Luisito completamente consciente de que había conservado la tranquilidad– me vestiré inmediatamente, empaquetaré el muestrario y saldré de viaje. ¿Me van a dejar salir de una buena vez? Se puso lo primero que encontró en el ropero de su hermana y volvió a la habitación suya, mientras el padre con el jefe se llevaban a su madre a la cocina.

Luisito tomó un sombrero y una boa que enredó en su cuello, luego ensayó caminar con los zapatos de su hermana. Cuando sintió que estaba segura –a pesar de sus pensamientos ya se estaba sintiendo más mujer– salió de la habitación a enfrentar el mundo. Pero al llegar a la cocina y encontrarse frente a su familia y a su jefe, su seguridad se convirtió en vacilación.

No estaba en la cocina su hermana y esto puso nervioso a Luisito, mientras los padres preguntaban azorados, el jefe miraba los enormes senos de Luis.

– ¿Quién es usted y qué hace en esta casa? –preguntó la madre sin reconocer a su propio hijo. Con esta pregunta le dieron la posibilidad a Luisito de seguir la actuación pues si no lo reconocía su madre, menos lo iba a reconocer el jefe. Creyó que lo mejor era aclararle algunos puntos pero reaccionó como una histérica y poniéndose frente al jefe le dijo: –Es cierto que no hay una razón especial para meditar a fondo sobre sus prejuicios, pero usted señor seguro tiene una visión de las circunstancias mejor que la que tiene el resto del personal de su empresa. Sí, dígame en confianza si usted no tiene incluso una visión mejor que la del mismo dueño de la empresa y que, por su condición de empresario cambia fácil la opinión en perjuicio del empleado. Aparte también sabe usted que el viajante, que siempre está fuera del local de ventas y fuera de la oficina, puede convertirse fácilmente en víctima de las murmuraciones y quejas infundadas que todos hablan, todas esas mentiras contra las que resulta absolutamente imposible defenderse, porque la mayoría de las veces uno no se entera de ellas y si se entera, ya es tarde, porque siente sobre su propia carne las funestas consecuencias cuyas causas no pudo comprender a tiempo

El jefe escuchaba absorto semejante bocanada de palabras mientras se iba parando para irse, a lo que Luisito –más Luisa que Luis– lo tomó por sus hombros obligándolo a sentarse y le dijo susurrándole: –Señor jefe, no se marche usted sin haberme dicho una palabra que me demuestre, al menos en una pequeña parte, que me da usted la razón.

Pero a todo esto el jefe ya se había parado dando la vuelta a la mesa y se iba deslizando –asustado– hacia la puerta como si existiese una verdadera justificación para abandonar la casa. Como que si irse de allí fuera realmente una salvación sobrenatural. En cambio Luisito comprendió que de ningún modo debía dejar marchar al jefe en ese estado de ánimo, para no ver amenazado su trabajo. Sabía que el jefe tenía que ser retenido, tranquilizado, persuadido y, finalmente, atraído. ¡El futuro de Luis y de su familia dependía del trabajo! ¡Si hubiese estado aquí la hermana! Ella era lista (ya había llorado cuando Luis todavía estaba en el cuarto) y seguro que el jefe –que es tan aficionado a las mujeres– se hubiese dejado llevar por ella.

Pero lo cierto es que la hermana no estaba aquí y Luis creyó que debía actuar. Y sin pensar que no conocía todavía su actual capacidad como mujer, más aún sabiendo que sus palabras posiblemente no eran entendidas –ni sus propios pensamientos– Luis dio un salto hacia el jefe con los brazos extendidos y exclamó: – ¡Socorro, por el amor de Dios, socorro! El jefe que no sabía qué pensar –pero tomado por sorpresa– lo sostuvo en sus brazos y manteniendo la cabeza inclinada (como si quisiera ver mejor las tetas de Luisito) descuidadamente retrocedió hasta caer sentado pues había olvidado que detrás de él estaba la silla ante el café servido sobre la mesa. Luisito quedó en sus faldas un momento sin notar que junto a ellos el café se volcaba y caía a chorros sobre el piso de la cocina.

– ¡Mami, má, el café! –dijo Luisito en voz baja, mirando el café que se derramaba. Al escucharlo, la madre gritó nuevamente y huyó de la mesa junto al padre que ya no sabía qué hacer.

Lamentablemente esta huida pareció desconcertar del todo al padre que hasta ahora había estado relativamente sereno, pues en lugar de seguir huyendo, tomó el bastón colgado sobre la silla junto con el sombrero y el gabán; y dando patadas y bastonazos, comenzó a hacer retroceder a Luisito a su habitación entre gritos y gemidos amariconados.

De nada sirvieron los ruegos de Luis –ni tampoco entendidos– y por mucho que implorase humildemente, el padre lo echaba con más fuerza. Al otro lado, la madre permanecía inclinada y se cubría el rostro con las manos. El padre le acosaba implacablemente y daba insultos como un loco. Pero Luisito, que todavía no tenía mucha práctica en andar con tacos, se fue como pudo a la habitación llorando por lo bajo, pues su propio padre a cada instante lo amenazaba con golpearlo con el bastón en la espalda o la cabeza.

Finalmente no le quedó a Luisito otra solución que volver a encerrarse en la habitación, pues advirtió con angustia que andando así ni siquiera era capaz de mantener la discreción además de ser mirado con cierto resquemor por su padre y el resto de la familia.

Quizá el padre habría visto buena voluntad en Luis, porque cuando el jefe se marchó a él no lo molestaron en absoluto dejándolo solo en la habitación. Luego de unos minutos escuchaba cómo trababan la puerta con el bastón y a continuación se hacía, por fin, un silencio.

Hasta la caída de la tarde no se despertó Luisito de un profundo sueño similar a una pérdida de conocimiento. Seguramente no se hubiese despertado mucho más tarde –aún sin ser molestado– porque se sentía suficientemente repuesto y descansado. Sin embargo le parecía como si lo hubiesen irritado unos pasos fugaces y el ruido de la puerta que daba al vestíbulo al ser cerrada con cuidado.

El resplandor de las farolas eléctricas de la calle se reflejaba pálidamente aquí y allí (en el techo de la habitación y en las partes altas de los muebles) pero la habitación donde se encontraba Luis estaba a oscuras.

Chuequeando todavía torpemente con sus tacos –que de a poco aprendía a valorar– se deslizó lentamente hacia la puerta para ver lo que había ocurrido allí.

Sólo cuando llegó a la puerta advirtió que lo que le había atraído era el olor a comida, porque allí había un pote lleno de dulce de leche y un plato con trocitos de pan.

Estuvo a punto de llorar de alegría porque ahora tenía más hambre que por la mañana. Inmediatamente introdujo un pedazo de pan dentro del pote de dulce de leche pero pronto lo sacó con desilusión y repugnancia por comer algo que no era dietético. Además pensó que seguramente eso se la había traído la hermana y los celos le hicieron pensar que ya no la quería más: –Mi propia hermana me quiere ver gorda –exclamó y retiró casi con furia el pote, retrocediendo a chuecas y ofendida hacia el centro de la habitación.

En el cuarto de estar –por lo que alcanzaba a ver Luisito a través de la rendija de la puerta– estaba encendido el velador pero ya no se oía a su padre –como era habitual– cuando solía leerle en voz alta a la madre o a la hermana. Bueno, quizá esta costumbre de leer en voz alta se haya perdido del todo en los últimos tiempos –pensó.

Pero había algo raro: todo a su alrededor permanecía en silencio a pesar de que el piso no estaba vacío.

–¡Qué vida tan apacible lleva la familia! –se dijo Luis mientras miraba fijamente la oscuridad que reinaba ante él. Sin embargo le pareció escuchar unos pasos rápidos y el ruido de la puerta que daba al vestíbulo al ser cerrada con cuidado.

Tanteando todavía torpemente con sus tacos se arrimó a la ventana y vio una pareja en la calle. Sintió unos deseos enormes de salir. Siempre se había sentido orgulloso de ayudar a sus padres y a su hermana en la vida que llevaban como una buena familia pero ahora le entraban unas enormes ganas lujuriosas de divertirse y hasta pensó en ir a algún boliche a bailar. Hasta llegó a imaginarse encima de una barra en la disco.

Pero ¿qué ocurriría si toda la tranquilidad, todo el bienestar, toda la satisfacción, llegase a un terrible final? Para no perderse en tales pensamientos Luisito prefirió ponerse en movimiento y sacarse la modorra de acá para allá por la habitación.

Así pasó el tiempo –quizá uno o dos días– y sólo salió del cuarto para ir al baño contiguo. En una ocasión, durante el largo anochecer, se abrió una pequeña hendija en una puerta lateral y otra vez en la otra, y ambas se volvieron a cerrar rápidamente; probablemente alguien tenía necesidad de entrar pero al mismo tiempo, sentía demasiada vacilación.

Entonces Luis se paró justamente delante de la puerta del cuarto de estar, decidido a hacer entrar de alguna manera al indeciso visitante o al menos para saber de quién se trataba, pero la puerta ya no se abrió más y Luisito esperó en vano.

Así fueron pasando los días y lo terrible es que él no lo notaba: Había perdido la noción del tiempo y creía que era por la comida que le dejaban en la puerta: ¡Lo drogaban para que pudiera dormir encerrado en su cuarto! Siempre cuando se despertaba tenía recuerdos de sueños eróticos, podía darse cuenta de su excitación porque amanecía mojada en la cama y empezó a sospechar que alguien entraba en la habitación mientras él –o ya ella– dormía. A esta altura ya no sabía si eran las fantasías de su propia transformación o si realmente la drogaban para tener sexo con su escultural cuerpo. Si bien su cabeza seguía pensando por momentos como un varón, sus sensaciones al despertarse eran plenas y trataba de recordar el sueño de la noche anterior.

–Los voy a engañar –dijo Luisito una mañana, más machito que nunca. –¡Les haré creer que estoy dormida! –dijo sin darse cuenta que se le filtraba cada vez más sus ansias de género.

Y dicho esto ese día no tomó la comida que le dejó su familia en la puerta, pensando que era el motivo de esos sueños tan profundos. A la nochecita, no muy temprano, cuando escuchó que todas las puertas estaban bajo llave, se acostó en su cama con sus senos totalmente desnudos –aún no había solucionado el problema del talle de corpiño– y esperó tapándose con el cobertor. En medio del silencio comenzó a escuchar de nuevo rumores en el pasillo y se dio cuenta que alguien tiraba una moneda para entrar primero a su habitación. Él había dejado abierta la puerta pero sin duda que durante el día se la cerraban y ahora las llaves estaban metidas en las cerraduras desde afuera. Muy tarde –ya de noche– se apagó la luz en el cuarto de estar y entonces fue fácil comprobar que los padres y la hermana habían permanecido despiertos todo ese tiempo cuchicheando precios y tiempos, porque tal y como se podía oír perfectamente, había clientes hablando de ello.

Así fue que esperó y esperó para saber quién entraría en su habitación pero tanto esperó que al final el sueño lo venció justo cuando parecía que entraba el primero en el cuarto. Al otro día se sintió ofuscado por no haber permanecido despierto y se dio cuenta que su cuerpo lanzaba olor a hombre y su sexo de mujer gozaba plenitud a la vez que una pequeña picazón le impedía disfrutarlo totalmente. Su dicotómica cabeza tendía a organizar de nuevo su vida y por momentos pensaba que el olor era porque estaba volviendo a ser el Luis de antes, varonil y bien puesto, pero inmediatamente lo acosaba una tremenda excitación por el olor a hombre que despedía su cuerpo y se le escapaban gimoteos como una puta histérica en un film porno o cuando se rascaba apenas los pezones al estilo de la Coca Sarli en sus películas. Como la habitación era de techo alto y daba la impresión de estar vacía, cuando se le escapaban esos gemidos de mujer trataba de permanecer tapado y en silencio, pues le asustaba su mariconada sin que pudiera descubrir cuál era la causa. Con mucha vergüenza, se apresuraba a alejar las manos de su cuerpo.

Así permaneció durante varias noches en las que oscilaba en los pensamientos y las sensaciones –y en parte– entre preocupaciones y confusas esperanzas. De momento no podía mantener a su familia a no ser que se considerara mujer y se casase con algún hombre adinerado. Esto lo angustiaba y sabía que debía comportarse con calma y una gran paciencia además de necesitar la consideración por parte de la familia, que tendría que soportar la molestia de ver a Luisito en su estado actual.

Un día, ya muy de mañana –era todavía casi de noche– Luisito tuvo la oportunidad de poner a prueba las decisiones que acababa de tomar, porque la hermana abrió la puerta desde el vestíbulo y miró con expectación hacia dentro. No lo vio enseguida pero cuando lo descubrió debajo del cobertor, exclamó – ¡Dios mío, tiene un cuerpazo! y se asustó tanto que sin poder dominarse salió y volvió a cerrar la puerta desde fuera. Pero enseguida se arrepintió de su comportamiento y abrió de nuevo entrando despacito, como si se tratase de un enfermo grave o de un extraño. Luis había sacado la cabeza casi hasta el borde del cobertor y observaba haciéndose el dormido.

¿Se daría cuenta Greta que él no había comido? ¿Le traería otra cosa que no lo hiciera dormir tanto? Si no caía en la cuenta de lo que pensaba, Luis prefería morir de hambre antes que llamarle la atención sobre esto a pesar de que sentía unos enormes deseos de salir de debajo del cobertor, arrojarse a los pies de su hermana y rogarle que le trajese algo bueno para comer.

Pero la hermana reparó con sorpresa el cuerpo de Luis (examinando por los pies debajo del cobertor) mientras él no se animaba a decir nada. Greta se dispuso a limpiarlo con una toallla perfumada que luego se llevó. Luis tenía mucha curiosidad por saber algo e hizo al respecto las más diversas conjeturas. Pero no se animó a hablarle y no supo lo que su hermana iba realmente a hacer.

Para volver a poner a prueba sus conjeturas, vio a la hermana aparecer de nuevo y traer muchas cosas de ella, hasta ropa para elegir. Había lencería que jamás habría pensado que usara su hermana y también toallitas femeninas y unas cremas, todo lo cual a partir de ahora probablemente estaba destinada al Luis o Luisita que él –ella– ahora era.

Y por delicadeza –sabía que Luis nunca se cambiaría delante de ella– su hermana se retiró rápidamente e incluso echó llave para que esta Luisa que ahora lo ocupaba se diese cuenta de que podía ponerse todo lo cómoda-cómodo que quiera.

Por cierto que luego de ese día Luis comenzó a sentirse mejor y esto se debía a que pasaba horas frente al espejo cambiándose de ropas. Crecía el narcisismo propio de las mujeres. Su piel se iba acostumbrando a la ropa, ya el corpiño –aunque chico– no le molestaba y sus heridas por las paspaduras se aliviaban con la crema que le había dado su hermana. Si bien no estaban curadas del todo, ahora no notaba tanta molestia y se asombró que hacía menos de un mes, él tenía una piel dura y tersa que jamás se había paspado. –¿Tendré ahora más sensibilidad? –pensaba e inmediatamente se acariciaba o pellizcaba fuerte para sentir cómo reaccionaba su piel. Sucesivamente su actitud fue cambiando a la par de su familia. Ahora le dejaban en su habitación verduras y salsas dietéticas y podía mantenerse en forma. Los alimentos frescos que antes no le gustaban parecían llenarla de dicha y alegría.

Sin duda los padres no querían que Luisito se muriese de hambre a juzgar por la cantidad de comida que le traían, pero así como él engullía, luego se encerraba en el baño a vomitar lo comido. Al padre de Luis quizá no le importaba que él engordase y por eso no habrían podido soportar sus costumbres alimenticias ni que se dijese que él era una bulímica o una anoréxica. Es más, si algo sabían es por todo lo que les podría contar la hermana de Luisito que era la encargada de llevarle la comida a la habitación.

Pasaba el tiempo y Luis sentía que vivía como en un sueño donde ella era la princesa. No podía saber con certeza cuántos días habían pasado desde su transformación. Al principio había sufrido todos esos cambios que experimentó en su cuerpo pero ahora parecía que lo único que le molestaba era esa paspadura en la entrepierna que día a día –noche a noche– y a pesar de la crema se iba agravando. Y a no saber del paso del tiempo, tenía que sumarle la imposibilidad de permanecer despierto durante la noche, cosa que trataba de hacer pero le era imposible. Si bien ahora dudaba que le pusieran somnífero en sus comidas nunca dejaba de sospecharlo, pero ¿por qué querían dormirlo por las noches? ¿Sería verdad que su familia lo dormía para exhibirlo como un objeto?

Todos estos interrogantes creaban alguna furia en Luisito, pero luego variaba su postura y se imaginaba como ese cuadro que él había colgado unos días atrás –de la mujer semidesnuda con la boa de piel y el sombrero– y pensaba en las miradas atraídas por su belleza y se sentía orgulloso ahora de poder atrapar otros ojos por los cuales corría una cierta admiración y una libidinosa ansiedad.

Más allá de sus dicotómicos sentimientos se juró volver al hambre, a no comer ni beber nada para evitar que lo durmieran, y luego del primer almuerzo en que no probó bocado, se sorprendió de las conversaciones de su familia cuchicheando detrás de la puerta.

– Hoy parece que nada le ha gustado, porque dejó toda la comida –escuchó Luis que le decía su hermana al padre. Y luego de la cena (en que Luisito tampoco probó bocado) escuchó que decían –Dejó todo de nuevo– y llegaban algunas voces procedentes de las habitaciones contiguas, discusiones sobre cómo se debían comportar ahora. Pero también entre las comidas se hablaba del mismo tema y se dio cuenta que siempre había en casa alguien de la familia, era como que nadie quería dejarlo solo. Pensó que esto seguramente era porque tenían alquilados los cuartos y la casa funcionaba como un hotel. Incluso ya unos de los primeros días Luisito –que no sabía realmente qué había ocurrido– escuchó a un inquilino pedirle de rodillas a la hermana que lo dejase pasar la noche entera pero recién ahora Luisito se percataba que no era un pedido personal hacia su hermana sino que le pedía quedarse en uno de los cuartos de la casa. Claro que hasta ahí Luisito todavía no sospechaba aún que lo que pedía el inquilino era estar más tiempo con él. Tampoco tenía la certeza de que su hermana lo dormía para alquilarlo por horas y así subsanar el grave deterioro económico que sufría la familia.

De todos modos las cosas iban saliendo a la luz sin que él pensara demasiado. En otra oportunidad escuchó al padre explicándole tanto a la madre como a la hermana toda la situación económica y las perspectivas que había depositado en Luisito. Pero claro, Luisito esa vez lo había escuchado creyendo que hablaban de él naturalmente y no con este cuerpo de mujer fatal que lucía ahora. Estas explicaciones del padre eran la primera cosa que él había oído desde su encierro y creía que su propio padre iba a venir al pie por la falta de dinero, pero extrañamente nada había sucedido.

En aquel entonces la preocupación de Luis era hacer lo posible para que la familia se olvide de sus problemas económicos. A todos los había sumido en la más completa desesperación por pasar de ser un viajante emprendedor a una mujer que permanecía encerrada en su cuarto. Naturalmente que tenía otras y muchas más posibilidades de ganar dinero que se podía poner sobre la mesa ante la familia asombrada y feliz. Pero, ¿por qué no blanqueaban la situación y listo? ¿Sentían vergüenza por usar su nuevo cuerpo como una vulgar prostituta? Además si era así –como él pensaba– deberían haberle dicho que lo iban a exponer como un bicho raro y como un claro objeto sexual ante las miradas de los demás

Este tipo de pensamientos, completamente inútiles en su estado actual, eran los que pasaban por su cabeza mientras permanecía allí pegado a la puerta tratando de escuchar todo lo que su familia decía.

Una vez no pudo escuchar más (de puro cansancio) y por descuido se golpeó la cabeza contra la puerta haciendo un pequeño ruido que enmudeció a todos.

–¿Qué es lo que haremos si no duerme? –decía el padre pasados unos momentos reanudando la conversación que había sido interrumpida. Así Luis llegó a enterarse –el padre solía repetir con frecuencia sus explicaciones porque la madre no entendía todo a la primera– de que a pesar de la desgracia todavía quedaba en la casa una pequeña fortuna, pero llamaba fortuna al cuerpo de Luisito, que despertaba “mucho interés en la gente y le podía proporcionar mucho rédito en poco tiempo” –Además, si él duerme no se entera ni un momento –dijo el padre mientras Luisito se restregaba la paspadura con desesperación al otro lado de la puerta.

O bien Luisito no sabía cómo reaccionar o en cierta manera no le disgustaba totalmente su nuevo presente. A veces lloraba y gimoteaba pero otra se sentía resguardado y cómodo encerrado en aquella habitación. Pensaba que fácil sería la vida con este cuerpo y estas tetas y con los millones de babosos que pagan y hacen regalos y hasta se casan con gente que tengan estas cualidades. Todas esas cosas que jamás alguien hubiera hecho por él, el Luisito vendedor y emprendedor, el amable simpático y respetuoso Luis que siempre había sido.

Hasta se daba cuenta de que las cosas ahora en él incidían y se manifestaban en otros. Los celos y la envidia que antes no despertaba en nadie, ahora lo vio en su propia hermana. Advirtió la vez que ella entró y lo encontró con una diminuta tanga –sin corpiño– e inmediatamente desvió la mirada. Luego, cuando pasó frente al espejo del ropero se observó ella de pies a cabeza quedando perpleja ante su visión escuálida sin culo ni tetas que reflejaba en contraste con el descomunal cuerpo de él. Ese día percibió que la inquina y los celos en las mujeres están más desarrollados que en los varones, porque a pesar de la dicotomía, Luisito todavía sentía un especial afecto por ella.

De todas formas algo comenzó a precipitarse en el pensamiento de Luisito. Ahora la confirmación de que usaban su cuerpo para lucrar ya no le molestaba tanto. Más aún, sentía unos deseos tremendos de sentirse mimada y deseada por cualquier hombre. Su baja autoestima se esfumaba en la megalomanía que le proporcionaba su cuerpo. Por momentos la intención de decírselo a la hermana se disipaba por la actitud que ella adoptaba. Parecía que la competencia entre ellas dos no cesaría de un día para el otro. Así fue que Luisito fue comprendiendo la necesidad de tener su espacio tal como era ahora y en esa especie de deseos de poder, se le mezclaban además los deseos sexuales que sentía cuando dormía o cuando despertaba al otro día, a veces ya mojada.

Y en este tumulto de sensaciones y pensamientos tomó la decisión de enfrentar el mundo tal cual era –y esto es el mundo y ella, la mujer sensual y provocativa– con el mundo lleno de perversos machistas.

En el siguiente día no probó bocado pensando que lo dormirían y a la noche, cuando estaba preparándose para salir de la habitación, escuchó nuevamente las voces que cuchicheaban en la puerta. Luisito sin sacarse los tacos se metió en la cama haciéndose el dormido. Percibió a su hermana alumbrándolo con una linterna y al creerlo dormido, salió del cuarto dejando a alguien allí en la habitación.

El desconocido se desvistió tirando la ropa al lado de su cama y se metió en ella, junto a Luisito que exclamó – ¡Qué hace, degenerado!– a lo que el hombre tomó sus ropas y salió corriendo desnudo de la habitación. Luisito no se hizo esperar y salió detrás del asustado señor pero corriendo gravemente con los tacos no pudo alcanzarlo, escuchando luego un portazo y varios insultos desde la calle.

Luis –entonces– se dirigió a la cocina ya decidido en su andar –ya comprometido con lo que era su cuerpo– y comprendiendo que ahora era ella, afrontaba sus debilidades con sus propias fortalezas. Ya no le importaba el apriete del corpiño, su pantalón ajustado, sus toallitas femeninas ni su paspadura. Ahora era toda ella con sus mayores dotes y pensaba que mientras los demás sigan con sus perversidades y en sus propias decadencias, ella también tendría más oportunidades para ser alguien en la vida. Y esto lo asumió cuando atravesó el umbral de la puerta de salida y vio a toda su familia, socialmente aceptada y cuchicheando en la cocina. Pasó y los miró: Todos estaban cabizbajos –su padre, su madre y su hermana– resignados y mustios, tal vez lo más parecido a espantosas cucarachas.

jueves 1 de enero de 2009

Frasecha

Era tan mal escritor
que en vez de pánico a la hoja en blanco
le tenía pavor a la hoja
por él escrita.


Gustavo, emoviking del taller.
Enero del 2009 desde la encarnación del Verbo.

martes 28 de octubre de 2008

Manada

Canta loco-loca:
¡Pueblo! ¡Pueblo!
¡Vino!
Canta...
Grita loca-loco:
¡Fiesta! ¡Fiesta!
¡Cerveza!
Grita...
Baila loco-loca:
¡Poder! ¡Poder!
¡Porro!
Baila...
Cuestiona loca-loco:
¿Dónde? ¿Dónde?
¿Pepa?
Cuestiona...
Marcha loco-loca:
¡Asamblea! ¡Asamblea!
¡Pasti!
Marcha...

Camilo.

jueves 2 de octubre de 2008

ENE AMIGOS

Estuve leyendo algo sobre teoría crítica, algo que todavía no recuerdo muy bien por qué lo estaba leyendo ni por qué (la constante de todos los porqués separados) tomé ese libro y no otro, y me pregunto, esto ahora y sin pensar en Proust ni magdalenas, si en realidad lo tomé por esa extraña inercia de volver a lo que ya he leído alguna vez. Tampoco recuerdo el título, pero sí recuerdo a su autor y me vuelve esa nostalgia de la retórica, la misma que quizá movilizó a Roland Barthes, Barthé, me digo como susurrando despacito ¿será el mismo? ¿Será el mismo que el viejo zorro hizo boticario poniéndole el acento escrito? Y derivo, como siempre, con algún veneno de duda aunque no encajonado en un río de locura y muerte. Derivo como siempre en que, como decía, me vuelve esa nostalgia de preguntarme qué hago, o en todo caso, como decía Haroldo, “qué es lo que hacemos” cuando alguien se acerca y nos pregunta y le mentimos que estamos en la “Gran cosa”, gran cosa y coincido, querido Haroldo, que nos perdemos escribiendo historias de otros, historias que al fin nunca viviremos, y amén de nuestros sueños que nos incita –paradójicamente– a seguir viviendo.
Pero no es acá a dónde quería llegar (si es que quiero llegar a algún lado). Decía, mejor dicho: digo, porqué (todo junto y acentuado, no me jodan) porqué leía ese texto si ni siquiera recuerdo su título.
¿“Teoría Crítica”? No, prefiero pensar en otro, algo así como “crítica de la crítica” o “duda axiomática de la evaluación lingüística”, palabras más, palabras menos –palabras más, palabras menos– me grita alguien y me estanco. Palabras más, palabras menos.
Pero todo vuelve, todo gira de algún modo y volvemos, sin querer quizá, sin saber por qué saltamos abismos “aceptando sin resistencia” que podamos ir así de una cosa a la otra, si en realidad yo lo que quiero decir es “otra cosa” y no hablar de vos ni de mí, sino de todo, y caigo en saco vacío mientras una voz me dice que igual no tengo a dónde ir, igual no tengo a donde ir.
Como asceta y ya no sé si de o en mi propio cuerpo, parto siempre de mí y llego temprano hasta a mi propio desayuno. Llego temprano –digo– y despierto a mi ilusión (y a mí) cuando todavía debería estar ilusionado. Me creo importante diciendo esto, pero no me siento héroe ni profeta, ni quiero nada de lo que mis prejuicios puedan enseñarme. Hoy abundan gurús donde ayer los santos y los héroes ambulaban con un prestigio jactancioso. No busco ser algún adjetivo, simplemente busco ser y gracias a dios ¿a Dios? no héroe y derivo. O divago, porque recuerdo que “el héroe de ayer se convierte en el tirano de mañana, a menos que se sacrifique a sí mismo hoy”. Repito: no héroe. Ni tampoco volver de mis vicisitudes a cambiar el mundo, mientras un diario, no íntimo, no argentino ni polaco Witold, mientras un diario me informa que Jorge ganó el premio Torremolinos, Jorge el profeta y qué importa la plata, qué importan los premios en dinero repito y ya no puedo decir qué figura puede trasmitir lo que digo, si la vicisitud no deja nada, si la penuria tampoco deja nada –salvo dolor– salvo la certeza de no querer la verdad harto buscada; y ahora tengo que esconder las heridas, y ahora tengo que esconder las heridas alguien grita un poco más entonado.
Y sí, ahora tengo que esconder las heridas pero nunca aprenderé el cómo ni dónde: El ombligo del mundo está acá, sentado a mi lado, acompañándome donde vaya aunque ya sé que nunca me muevo ni voy a ningún lado y ya sé –además– que “para saber dónde vamos hay que saber dónde estamos” y ¿Dónde? pregunto haciéndome el distraído, como si distraerme me trajera a la vida, no la ficción de la vida verdad, sino la verdad que tanto vuelvo a buscar y encontrar donde yo no quería, donde no quiero acercarme, donde dudo acercarme y abuso de la anáfora porque sé que dulce te golpea, que dulce te golpea y te mata de a poco, y lenta –hasta casi frígida– se nos va metiendo en la piel y ahora también pienso en el gerundio y vuelvo a la carne que enfermando decrepitud se nos pudre lentamente. Pudriendo lentamente.
Se pudre lentamente. “Por fuera el mundo es bello, blanco, verde y rojo y por dentro de color negro, oscuro como la muerte”. Frases hechas pero legítimas, no inventos literarios buscando conmover, atrapando sentimientos ya perdidos o instalando el bussines del elogio, mientras a mí –valga el pleonasmo– a mí me llegan otros porqués:
– ¿Por qué tanta oscuridad, tanto negro? –dijo la rubia tarada, bronceada y tal vez aburrida.
– Porque tengo angustia, boluda, tengo angustia. Ay, el arte, elarte, helarte. Eso: cagarte de frío.
– ¡No, no y no! Por favor no me hablés de arte si no vivís la palabra, si sólo hacés uso de la palabra ajena para el discurso. ¿Sabés? Alguien decía que “hay escritores rebajados, bufones peligrosos, juglares de tres al cuarto, mistificadores sombríos, verdaderos alienados que, deberían poblar Bicétre.” Y yo agrego: –No, che, es el mundo, están poblando el mundo. Agradar, agradar, dulce agrado. Sin embargo “la brisa amarga hace que los bosquecillos frondosos se aclaren, aquellos que la brisa dulce espesó con hojas” y mantienen callados a los alegres picos de los pájaros, callados, “callados y mudos semejantes y distintos”. Los pájaros que también acuden a la masonería pero los justifica su instinto.
Confieso, quisiera a veces ser pájaro pero sospecho tanto de la cera que sostienen mis alas, como de mi “bello cantar” aún en la tristeza. Hoy es noche de cuervos y un ángel lloró, y sigo…y sigue: Es noche de cuervos y un ángel lloró.
Atropellándose vuelven mis pensamientos, hipérbaton inútil de la casa, memoria involuntaria que no escinde voluntad ni deseo. “Letras en decadencia” escuché hace un tiempo: verdadera hipálage de escritores poco humanos, sociales y exitosos, es decir; chatos, lisos, muertos. La pregunta queda estéril, la respuesta soslayada.
“¿Por qué me esfuerzo en hacer y decir cosas agradables a muchos?”
“¿Soy bienvenido?”
“El corazón firme y fuerte me hace ocultar muchas verdades”
“Entonces será ofrecido muy claro mi pensamiento”
Frases, palabras, recuerdos. Elegía de pensamientos, síndrome de la taciturna mediocridad del éxito. Sí, Gustavo: A mí también me marea el fracaso “abran bien los ojos tuertos, que ha llegado un perdedor” me gritan ahora y advierto que un simple movimiento de mi mano silencia el grito, pero no, muevo la perilla hacia el otro lado y de nuevo: “abran bien los ojos tuertos que ha llegado un perdedor”. La estridencia me conmina –creo– no, mejor dicho sé, sé que “tendré que soportar muchas afrentas pues soy guía de todas mis locuras en las que tengo muchos viles compañeros y las fanfarronadas no me alejan, ni me separan las riquezas” –rima interna, digo– aunque nada rime en donde golpea el significado, donde golpea el pecho: palabras más, palabras más, palabras menos… y vuelvo y digo:
“Debo hacer canción, sobre los demás, de bella construcción, que no tenga palabra falsa, ni rima suelta”.
Pero es inútil, nadie me escucha.

Luis el uruguayo.

miércoles 1 de octubre de 2008

Mar del Plata apesta

Apesta bañista
Apesta balneario

Camiones absorben eses
Costa de "olas cloacales" bañan
Fluye mar-platense

Apesta peatón
Apesta peatonal

Camiones recolectan desperdicios
Campos de "sierras basurales" trepan
Drena mar-platense

Apesta gente
Apesta dirigente

Barcos enredan peces
Puerto de "fileteados envasados" venden
Ruge mar-platense

Camilo.

domingo 7 de septiembre de 2008

Militancia - de Pablito















Toy, Beto, Fede, Nico 1.



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Mi resistencia es contra la ignorancia y la ineptitud.



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