Canta loco-loca:
¡Pueblo! ¡Pueblo!
¡Vino!
Canta...
Grita loca-loco:
¡Fiesta! ¡Fiesta!
¡Cerveza!
Grita...
Baila loco-loca:
¡Poder! ¡Poder!
¡Porro!
Baila...
Cuestiona loca-loco:
¿Dónde? ¿Dónde?
¿Pepa?
Cuestiona...
Marcha loco-loca:
¡Asamblea! ¡Asamblea!
¡Pasti!
Marcha...
Camilo.
martes 28 de octubre de 2008
jueves 2 de octubre de 2008
ENE AMIGOS
Estuve leyendo algo sobre teoría crítica, algo que todavía no recuerdo muy bien por qué lo estaba leyendo ni por qué (la constante de todos los porqués separados) tomé ese libro y no otro, y me pregunto, esto ahora y sin pensar en Proust ni magdalenas, si en realidad lo tomé por esa extraña inercia de volver a lo que ya he leído alguna vez. Tampoco recuerdo el título, pero sí recuerdo a su autor y me vuelve esa nostalgia de la retórica, la misma que quizá movilizó a Roland Barthes, Barthé, me digo como susurrando despacito ¿será el mismo? ¿Será el mismo que el viejo zorro hizo boticario poniéndole el acento escrito? Y derivo, como siempre, con algún veneno de duda aunque no encajonado en un río de locura y muerte. Derivo como siempre en que, como decía, me vuelve esa nostalgia de preguntarme qué hago, o en todo caso, como decía Haroldo, “qué es lo que hacemos” cuando alguien se acerca y nos pregunta y le mentimos que estamos en la “Gran cosa”, gran cosa y coincido, querido Haroldo, que nos perdemos escribiendo historias de otros, historias que al fin nunca viviremos, y amén de nuestros sueños que nos incita –paradójicamente– a seguir viviendo.
Pero no es acá a dónde quería llegar (si es que quiero llegar a algún lado). Decía, mejor dicho: digo, porqué (todo junto y acentuado, no me jodan) porqué leía ese texto si ni siquiera recuerdo su título.
¿“Teoría Crítica”? No, prefiero pensar en otro, algo así como “crítica de la crítica” o “duda axiomática de la evaluación lingüística”, palabras más, palabras menos –palabras más, palabras menos– me grita alguien y me estanco. Palabras más, palabras menos.
Pero todo vuelve, todo gira de algún modo y volvemos, sin querer quizá, sin saber por qué saltamos abismos “aceptando sin resistencia” que podamos ir así de una cosa a la otra, si en realidad yo lo que quiero decir es “otra cosa” y no hablar de vos ni de mí, sino de todo, y caigo en saco vacío mientras una voz me dice que igual no tengo a dónde ir, igual no tengo a donde ir.
Como asceta y ya no sé si de o en mi propio cuerpo, parto siempre de mí y llego temprano hasta a mi propio desayuno. Llego temprano –digo– y despierto a mi ilusión (y a mí) cuando todavía debería estar ilusionado. Me creo importante diciendo esto, pero no me siento héroe ni profeta, ni quiero nada de lo que mis prejuicios puedan enseñarme. Hoy abundan gurús donde ayer los santos y los héroes ambulaban con un prestigio jactancioso. No busco ser algún adjetivo, simplemente busco ser y gracias a dios ¿a Dios? no héroe y derivo. O divago, porque recuerdo que “el héroe de ayer se convierte en el tirano de mañana, a menos que se sacrifique a sí mismo hoy”. Repito: no héroe. Ni tampoco volver de mis vicisitudes a cambiar el mundo, mientras un diario, no íntimo, no argentino ni polaco Witold, mientras un diario me informa que Jorge ganó el premio Torremolinos, Jorge el profeta y qué importa la plata, qué importan los premios en dinero repito y ya no puedo decir qué figura puede trasmitir lo que digo, si la vicisitud no deja nada, si la penuria tampoco deja nada –salvo dolor– salvo la certeza de no querer la verdad harto buscada; y ahora tengo que esconder las heridas, y ahora tengo que esconder las heridas alguien grita un poco más entonado.
Y sí, ahora tengo que esconder las heridas pero nunca aprenderé el cómo ni dónde: El ombligo del mundo está acá, sentado a mi lado, acompañándome donde vaya aunque ya sé que nunca me muevo ni voy a ningún lado y ya sé –además– que “para saber dónde vamos hay que saber dónde estamos” y ¿Dónde? pregunto haciéndome el distraído, como si distraerme me trajera a la vida, no la ficción de la vida verdad, sino la verdad que tanto vuelvo a buscar y encontrar donde yo no quería, donde no quiero acercarme, donde dudo acercarme y abuso de la anáfora porque sé que dulce te golpea, que dulce te golpea y te mata de a poco, y lenta –hasta casi frígida– se nos va metiendo en la piel y ahora también pienso en el gerundio y vuelvo a la carne que enfermando decrepitud se nos pudre lentamente. Pudriendo lentamente.
Se pudre lentamente. “Por fuera el mundo es bello, blanco, verde y rojo y por dentro de color negro, oscuro como la muerte”. Frases hechas pero legítimas, no inventos literarios buscando conmover, atrapando sentimientos ya perdidos o instalando el bussines del elogio, mientras a mí –valga el pleonasmo– a mí me llegan otros porqués:
– ¿Por qué tanta oscuridad, tanto negro? –dijo la rubia tarada, bronceada y tal vez aburrida.
– Porque tengo angustia, boluda, tengo angustia. Ay, el arte, elarte, helarte. Eso: cagarte de frío.
– ¡No, no y no! Por favor no me hablés de arte si no vivís la palabra, si sólo hacés uso de la palabra ajena para el discurso. ¿Sabés? Alguien decía que “hay escritores rebajados, bufones peligrosos, juglares de tres al cuarto, mistificadores sombríos, verdaderos alienados que, deberían poblar Bicétre.” Y yo agrego: –No, che, es el mundo, están poblando el mundo. Agradar, agradar, dulce agrado. Sin embargo “la brisa amarga hace que los bosquecillos frondosos se aclaren, aquellos que la brisa dulce espesó con hojas” y mantienen callados a los alegres picos de los pájaros, callados, “callados y mudos semejantes y distintos”. Los pájaros que también acuden a la masonería pero los justifica su instinto.
Confieso, quisiera a veces ser pájaro pero sospecho tanto de la cera que sostienen mis alas, como de mi “bello cantar” aún en la tristeza. Hoy es noche de cuervos y un ángel lloró, y sigo…y sigue: Es noche de cuervos y un ángel lloró.
Atropellándose vuelven mis pensamientos, hipérbaton inútil de la casa, memoria involuntaria que no escinde voluntad ni deseo. “Letras en decadencia” escuché hace un tiempo: verdadera hipálage de escritores poco humanos, sociales y exitosos, es decir; chatos, lisos, muertos. La pregunta queda estéril, la respuesta soslayada.
“¿Por qué me esfuerzo en hacer y decir cosas agradables a muchos?”
“¿Soy bienvenido?”
“El corazón firme y fuerte me hace ocultar muchas verdades”
“Entonces será ofrecido muy claro mi pensamiento”
Frases, palabras, recuerdos. Elegía de pensamientos, síndrome de la taciturna mediocridad del éxito. Sí, Gustavo: A mí también me marea el fracaso “abran bien los ojos tuertos, que ha llegado un perdedor” me gritan ahora y advierto que un simple movimiento de mi mano silencia el grito, pero no, muevo la perilla hacia el otro lado y de nuevo: “abran bien los ojos tuertos que ha llegado un perdedor”. La estridencia me conmina –creo– no, mejor dicho sé, sé que “tendré que soportar muchas afrentas pues soy guía de todas mis locuras en las que tengo muchos viles compañeros y las fanfarronadas no me alejan, ni me separan las riquezas” –rima interna, digo– aunque nada rime en donde golpea el significado, donde golpea el pecho: palabras más, palabras más, palabras menos… y vuelvo y digo:
“Debo hacer canción, sobre los demás, de bella construcción, que no tenga palabra falsa, ni rima suelta”.
Pero es inútil, nadie me escucha.
Luis el uruguayo.
Pero no es acá a dónde quería llegar (si es que quiero llegar a algún lado). Decía, mejor dicho: digo, porqué (todo junto y acentuado, no me jodan) porqué leía ese texto si ni siquiera recuerdo su título.
¿“Teoría Crítica”? No, prefiero pensar en otro, algo así como “crítica de la crítica” o “duda axiomática de la evaluación lingüística”, palabras más, palabras menos –palabras más, palabras menos– me grita alguien y me estanco. Palabras más, palabras menos.
Pero todo vuelve, todo gira de algún modo y volvemos, sin querer quizá, sin saber por qué saltamos abismos “aceptando sin resistencia” que podamos ir así de una cosa a la otra, si en realidad yo lo que quiero decir es “otra cosa” y no hablar de vos ni de mí, sino de todo, y caigo en saco vacío mientras una voz me dice que igual no tengo a dónde ir, igual no tengo a donde ir.
Como asceta y ya no sé si de o en mi propio cuerpo, parto siempre de mí y llego temprano hasta a mi propio desayuno. Llego temprano –digo– y despierto a mi ilusión (y a mí) cuando todavía debería estar ilusionado. Me creo importante diciendo esto, pero no me siento héroe ni profeta, ni quiero nada de lo que mis prejuicios puedan enseñarme. Hoy abundan gurús donde ayer los santos y los héroes ambulaban con un prestigio jactancioso. No busco ser algún adjetivo, simplemente busco ser y gracias a dios ¿a Dios? no héroe y derivo. O divago, porque recuerdo que “el héroe de ayer se convierte en el tirano de mañana, a menos que se sacrifique a sí mismo hoy”. Repito: no héroe. Ni tampoco volver de mis vicisitudes a cambiar el mundo, mientras un diario, no íntimo, no argentino ni polaco Witold, mientras un diario me informa que Jorge ganó el premio Torremolinos, Jorge el profeta y qué importa la plata, qué importan los premios en dinero repito y ya no puedo decir qué figura puede trasmitir lo que digo, si la vicisitud no deja nada, si la penuria tampoco deja nada –salvo dolor– salvo la certeza de no querer la verdad harto buscada; y ahora tengo que esconder las heridas, y ahora tengo que esconder las heridas alguien grita un poco más entonado.
Y sí, ahora tengo que esconder las heridas pero nunca aprenderé el cómo ni dónde: El ombligo del mundo está acá, sentado a mi lado, acompañándome donde vaya aunque ya sé que nunca me muevo ni voy a ningún lado y ya sé –además– que “para saber dónde vamos hay que saber dónde estamos” y ¿Dónde? pregunto haciéndome el distraído, como si distraerme me trajera a la vida, no la ficción de la vida verdad, sino la verdad que tanto vuelvo a buscar y encontrar donde yo no quería, donde no quiero acercarme, donde dudo acercarme y abuso de la anáfora porque sé que dulce te golpea, que dulce te golpea y te mata de a poco, y lenta –hasta casi frígida– se nos va metiendo en la piel y ahora también pienso en el gerundio y vuelvo a la carne que enfermando decrepitud se nos pudre lentamente. Pudriendo lentamente.
Se pudre lentamente. “Por fuera el mundo es bello, blanco, verde y rojo y por dentro de color negro, oscuro como la muerte”. Frases hechas pero legítimas, no inventos literarios buscando conmover, atrapando sentimientos ya perdidos o instalando el bussines del elogio, mientras a mí –valga el pleonasmo– a mí me llegan otros porqués:
– ¿Por qué tanta oscuridad, tanto negro? –dijo la rubia tarada, bronceada y tal vez aburrida.
– Porque tengo angustia, boluda, tengo angustia. Ay, el arte, elarte, helarte. Eso: cagarte de frío.
– ¡No, no y no! Por favor no me hablés de arte si no vivís la palabra, si sólo hacés uso de la palabra ajena para el discurso. ¿Sabés? Alguien decía que “hay escritores rebajados, bufones peligrosos, juglares de tres al cuarto, mistificadores sombríos, verdaderos alienados que, deberían poblar Bicétre.” Y yo agrego: –No, che, es el mundo, están poblando el mundo. Agradar, agradar, dulce agrado. Sin embargo “la brisa amarga hace que los bosquecillos frondosos se aclaren, aquellos que la brisa dulce espesó con hojas” y mantienen callados a los alegres picos de los pájaros, callados, “callados y mudos semejantes y distintos”. Los pájaros que también acuden a la masonería pero los justifica su instinto.
Confieso, quisiera a veces ser pájaro pero sospecho tanto de la cera que sostienen mis alas, como de mi “bello cantar” aún en la tristeza. Hoy es noche de cuervos y un ángel lloró, y sigo…y sigue: Es noche de cuervos y un ángel lloró.
Atropellándose vuelven mis pensamientos, hipérbaton inútil de la casa, memoria involuntaria que no escinde voluntad ni deseo. “Letras en decadencia” escuché hace un tiempo: verdadera hipálage de escritores poco humanos, sociales y exitosos, es decir; chatos, lisos, muertos. La pregunta queda estéril, la respuesta soslayada.
“¿Por qué me esfuerzo en hacer y decir cosas agradables a muchos?”
“¿Soy bienvenido?”
“El corazón firme y fuerte me hace ocultar muchas verdades”
“Entonces será ofrecido muy claro mi pensamiento”
Frases, palabras, recuerdos. Elegía de pensamientos, síndrome de la taciturna mediocridad del éxito. Sí, Gustavo: A mí también me marea el fracaso “abran bien los ojos tuertos, que ha llegado un perdedor” me gritan ahora y advierto que un simple movimiento de mi mano silencia el grito, pero no, muevo la perilla hacia el otro lado y de nuevo: “abran bien los ojos tuertos que ha llegado un perdedor”. La estridencia me conmina –creo– no, mejor dicho sé, sé que “tendré que soportar muchas afrentas pues soy guía de todas mis locuras en las que tengo muchos viles compañeros y las fanfarronadas no me alejan, ni me separan las riquezas” –rima interna, digo– aunque nada rime en donde golpea el significado, donde golpea el pecho: palabras más, palabras más, palabras menos… y vuelvo y digo:
“Debo hacer canción, sobre los demás, de bella construcción, que no tenga palabra falsa, ni rima suelta”.
Pero es inútil, nadie me escucha.
Luis el uruguayo.
miércoles 1 de octubre de 2008
Mar del Plata apesta
Apesta bañista
Apesta balneario
Camiones absorben eses
Costa de "olas cloacales" bañan
Fluye mar-platense
Apesta peatón
Apesta peatonal
Camiones recolectan desperdicios
Campos de "sierras basurales" trepan
Drena mar-platense
Apesta gente
Apesta dirigente
Barcos enredan peces
Puerto de "fileteados envasados" venden
Ruge mar-platense
Camilo.
Apesta balneario
Camiones absorben eses
Costa de "olas cloacales" bañan
Fluye mar-platense
Apesta peatón
Apesta peatonal
Camiones recolectan desperdicios
Campos de "sierras basurales" trepan
Drena mar-platense
Apesta gente
Apesta dirigente
Barcos enredan peces
Puerto de "fileteados envasados" venden
Ruge mar-platense
Camilo.
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